Konami revive una de sus franquicias más importantes con la alargada sombra de la ausencia de Hideo Kojima. Lo hace con un remake que respeta con pulcritud la obra original, aunque no está exento de algunos cambios que pueden no agradar a todo el mundo.

Han pasado veinte años desde el lanzamiento de Metal Gear Solid 3: Snake Eater. Mucho tiempo, tanto que me ha hecho reflexionar y ponerme nostálgico. Porque es increíble el sentido del humor que tiene la memoria, que hace que nos olvidemos de detalles que nos han ocurrido esta misma semana, pero recordemos con una innata claridad lo que ocurría hace más de dos décadas; en concreto, el momento en el que insertaba por primera vez el disco de estas selváticas aventuras en mi ahora polvorienta PlayStation 2. Supongo que es la reacción química de nuestro cerebro a la hora de almacenar recuerdos que nos llenan el alma y marcan nuestras vidas.

También he pensado en algo que, curiosamente, es uno de los mensajes más marcados que provienen de la saga creada por Hideo Kojima como es el discurso generacional. Su obra incide profundamente en la transmisión de conocimientos, experiencias y el legado entre generaciones, no solo a nivel genético, sino también por medio de la información cultural. El mantener un recuerdo o una vivencia de generación en generación para que las nuevas aprendan de la historia y eso les ayude a construir su propio camino. Tristemente, siento que la saga Metal Gear ha quedado en el olvido para las nuevas generaciones, y no los culpo, porque tras la ruptura entre Konami y Kojima no se han publicado nuevas entregas desde 2015 y no todo el mundo está dispuesto a adentrarse en los clásicos, cuyas mecánicas y sistemas de control, esclavos de su época, pueden sonar a un idioma antiguo para la juventud actual. Afortunadamente, ahora hay una bonita oportunidad para que eso cambie con Metal Gear Solid Delta, remake de uno de los títulos más queridos de la saga.

No sé si algún día llegaremos a saber lo ocurrido entre Konami e Hideo Kojima que desembocó en la marcha de este último porque, como acertadamente rezan precisamente en un momento de Snake Eater, “La mitad de lo que conocemos es mentira. La otra mitad, una mentira bien construída”. Lo que sí es cierto es que el lanzamiento de Metal Gear Solid Delta supone un hecho histórico; pese a ser un remake, es la primera ocasión en la que se publica un juego de la popular saga de infiltración sin el popular creativo al frente (si obviamos Metal Gear Survive que, efectivamente, obviamos). Un paso valiente por parte de Konami quienes, tras unos años de asueto con sus grandes franquicias, parece querer recuperarlas, tanto para contentar a quienes la extrañábamos como para, como decíamos, enseñarle a las nuevas generaciones los motivos por los que fueron tan importantes en su día y por qué esos argumentos pueden ser igualmente válidos en la actualidad con algunos retoques.

Ya hemos visto lo bien que salió el remake de Silent Hill 2 gracias a la externalización del proyecto y a su alianza con Bloober Team, porque el estudio polaco tuvo libertad creativa para realizar algunos cambios a nivel de diseño y adaptaciones en la narrativa del icónico survival horror. El caso de Metal Gear Solid Delta es diferente al ser más, digamos, una obra de autor, ya que las variaciones llegan, principalmente, en lo referente a la faceta visual y en las mejoras de calidad de vida de la experiencia para adaptarla a los tiempos actuales. No se ha realizado ningún cambio narrativo y la obra es, a grandes rasgos, la misma que ya vimos en 2005, respetando al máximo un legado de calidad indiscutible donde, por cierto, y pese a las posibles animadversiones, se rinde tributo al propio Hideo Kojima, manteniendo su nombre en los créditos como creador original.

Lo que sin duda más resalta desde que comenzamos a jugar son, claro, los cambios visuales. Obviamente es donde más han trabajado desde Konami para darle sentido al remake, tratando de ofrecer un acabado gráfico propio de la época actual, y que también pueda ser un motivo para llamar la atención de posibles neófitos en la serie. La mejora es evidente y resulta impactante desde los primeros instantes, ya que el detalle que antaño se intuía, ahora se aprecia claramente, por ejemplo al ver a Snake repleto de barro al avanzar por un lodazal rodeado de cocodrilos y comprobar como se queda impregnado en el cuerpo durante unos segundos. Un detalle pequeño que, en compañía de muchos otros similares, son los que han engrandecido a la licencia Metal Gear desde su primera entrega en 1987.

Eso sí, dentro de lo efectista que resulta, es más que probable que este sea el aspecto que más debate genere, especialmente entre aquellos que disfrutaron en repetidas ocasiones del original. Metal Gear Solid Delta hace uso del Unreal Engine, un motor gráfico al que estamos muy acostumbrados debido a que es uno de los más utilizados a día de hoy gracias a las facilidades que ofrece a los desarrolladores. Sin embargo, el Snake Eater original tenía un motor diseñado desde cero que, pese a sus limitaciones, aportaba al conjunto una personalidad especial, sirviendo de paso para rendir tributo a las películas de espías de los años setenta. Y ese toque tan especial aquí desaparece, a pesar de que se pueden añadir diversos filtros; aquí la dirección artística es prácticamente testimonial, y se ha limitado a cincelar los escenarios con más texturas y efectos que, al fin y al cabo funcionan e impresionarán a la gran mayoría, (sin obviar que podéis escoger entre un modo de calidad y otro de rendimiento a 60FPS) pero terminan ofreciendo un acabado más genérico del que merece una obra que cuidó tanto este aspecto hace dos décadas.

A pesar de esto, se aprecia en todo momento que en Konami han querido contentar a todo el mundo en la medida de lo posible. Y esto lo vemos en el nuevo sistema de cámaras y control, que es el cambio más sustancial que ofrece Delta. El Snake Eater original utilizaba un sistema de cámara semi-fija y con una posición más aérea, siguiendo la línea de anteriores juegos de la saga, con la idea de aportar una mayor visibilidad y así potenciar el sigilo y el componente táctico del juego, aunque ya por entonces había bastantes voces que pedían un cambio y saltar a las cámaras en 3D - un hecho que llegó con Subsistence, la versión expandida y mejorada del juego que se publicó un año después. Delta ofrece una versión remozada de estas dos opciones y se puede alternar entre ellas en cualquier momento de la aventura. Por un lado está la original, que si bien está pensada para satisfacer a los fans, hereda un manejo que, por muy acostumbrados que estemos, luce anticuado a todas luces, y ni siquiera el reajuste del mapeado de botones ayuda a paliar esa sensación.

Por el otro está el “Estilo Nuevo” que es el que resulta idóneo para la experiencia, una versión evolucionada de lo que vimos en el mencionado Subsistence, con una cámara más cercana al hombro y con total movilidad, que permite una visión más periférica de los frondosos escenarios por los que debemos avanzar agazapados evitando a centinelas enemigos que puedan dar la voz de alerta. El control y la cámara se compactan ofreciendo una sinergia bastante intuitiva, dando una mayor capacidad de respuesta y manteniendo elementos que ya poseía el conjunto original, como la posibilidad de cambiar a una perspectiva en primera persona, para divisar mejor el terreno o ser más precisos a la hora de disparar. Uno de los miedos que tenía era que ocurriera algo similar que en MGS: The Twin Snakes, remake del Metal Gear Solid de PlayStation que se publicó en exclusiva para Game Cube, que facilitaba en exceso el desarrollo debido a la inclusión de controles modernizados; no he sentido que eso suceda en Delta, sino que creo que estos cambios ayudan a que el sigilo y la infiltración resulten todavía más inmersivos.

Eso sí, hay algún que otro detalle al tratar de potenciar el realismo y la inmersión que no me ha parecido tan fino en su ejecución. Es el caso del sistema de coberturas, que lleva a que Snake se apoye en ellas de forma semiautomática para resguardarse de la vista de los enemigos. No siempre responde con precisión y, en más de una ocasión, eso ha llevado a que mi personaje se exponga a la visión enemiga, complicando la tarea. Hay que tener en cuenta que Snake Eater cuenta con un diseño, sobre todo en sus dos primeros segmentos, repleto de obstáculos y desniveles y aprovechar los elementos a nuestro favor resulta clave para realizar con éxito la infiltración. A pesar de este pequeño lunar, que también nos ha hecho rechistar en algún que otro combate, Konami también ha trabajado en facilitar el desempeño con otras mejoras de calidad de vida importantes para no romper el ritmo de la aventura.

Esto llega especialmente mediante el acceso rápido que tenemos ahora para cambiar de camuflaje. Mientras que antes se hacía pausando la acción y entrando al menú correspondiente, ahora tenemos un acceso rápido pulsando el botón direccional superior para entrar a un desplegable que nos deja ver los diversos uniformes que tenemos y cuál es el más óptimo para pasar desapercibidos en el terreno que nos encontremos. Lo mismo para acceder a la radio y hablar con nuestros ayudantes o guardar la partida. Y eso sin olvidar que Snake Eater es uno de los precursores en lo que a juegos de supervivencia se refiere, por lo que hay que explorar el escenario en busca de comida si queremos que el protagonista esté en condiciones óptimas, ya que si Snake no se alimenta o tiene alguna herida, incidirá en su estado y, por ejemplo, será más difícil apuntar con precisión, ya que le temblará el pulso. Sí, uno de esos detalles que hacen grande a un juego y que ya nos dejaron fascinados hace veinte años. Eso sí, en este punto hay que reiterar que la obra se ha mantenido inalterada, lo que lleva también a que se hayan conservado algunos gags humorísticos que, a estas alturas, parecen un poco rancios. Todo hay que decirlo.

Hasta ahora, este análisis se ha centrado más en los cambios y novedades que ofrece el remake pero no podemos olvidarnos de que todo esto llega envuelto en uno de los juegos más fascinantes de la historia. Si lo habéis jugado ya lo sabéis y os volveréis a emocionar como la primera vez, os lo aseguro. Si no lo habéis hecho os espera una trama excelsa, que sirve como punto de partida de la saga Metal Gear, ya que es una precuela y puede serviros para comenzar vuestro camino avanzando por orden cronológico, una estructura cuidada al milímetro que resulta toda una montaña rusa de sensaciones, con un ritmo que es perfecto y que ahora va acompañado de una jugabilidad más eficiente que redondea la experiencia.

Un viaje lleno de momentos inolvidables, tanto los que surgen orgánicamente, como cuando te pilla un enemigo y, sin querer, disparas a su radio y eso le impide pedir ayuda, como los que llegan por medio de un guion fabuloso, intercalados con espectaculares batallas contra diversos jefes que a pesar de los años que tienen a sus espaldas, resultan más sorprendentes que la gran mayoría de las que encontramos en los juegos actuales. Estamos hablando de una obra que, sin ir más lejos, convierte en épico el simple hecho de subir unas escaleras; eso me recuerda que no hay que dejar de lado, por supuesto, una de las mejores bandas sonoras de las que se han parido en el sector. No sé cuál será el futuro de la licencia lejos de la particular visión de Hideo Kojima pero, al menos, Metal Gear Solid Delta: Snake Eater ha sabido estar a la altura de la leyenda y eso es, sin duda, un tranquilizador paso adelante.